El Premio Pritzker, el más importante de la arquitectura mundial, fue otorgado este año al arquitecto Smiljan Radić Clarke, nacido y radicado en Santiago de Chile. El anuncio, realizado en marzo, reconoce más de tres décadas de una práctica dedicada a la experimentación material y a la atención de las dimensiones emocionales del espacio construido. Radić es el 55º laureado en la historia del premio y el segundo chileno en recibirlo, después de Alejandro Aravena, ganador en 2016.
En el anuncio oficial, el jurado destacó que “a través de un cuerpo de obra situado en la encrucijada entre la incertidumbre, la experimentación material y la memoria cultural, Smiljan Radić favorece la fragilidad por sobre cualquier pretensión injustificada de certeza”. Sus edificios, según el jurado, parecen temporales, inestables o deliberadamente inacabados, casi al punto de desaparecer, pero ofrecen un refugio estructurado, optimista y silenciosamente alegre, abrazando la vulnerabilidad como una condición intrínseca de la experiencia vivida.

Nacido en Santiago en una familia de inmigrantes —abuelos paternos provenientes de la isla de Brač, en Croacia, y familia materna del Reino Unido—, Radić creció con una percepción aguda de la cuestión del sentido de pertenencia. “A veces, es necesario construir las propias raíces. Eso da libertad”, afirma. Su camino hacia la arquitectura estuvo marcado por dudas y descubrimientos sucesivos. Estudió en la Pontificia Universidad Católica de Chile, reprobó en su primer intento de examen final y luego viajó a Venecia para estudiar historia, un período que considera el más importante de su formación. Fundó su estudio en 1995 y mantiene hasta hoy una estructura intencionalmente reducida.

La obra de Radić no sigue un lenguaje arquitectónico repetible. Cada proyecto se aborda como una investigación singular. En el Restaurante Mestizo (Santiago, 2006), el edificio está parcialmente enterrado en el terreno. En la Pite House (Papudo, 2005), la orientación protege de los vientos predominantes. En la ampliación del Museo Chileno de Arte Precolombino (Santiago, 2013), la intervención se realiza mediante reutilización adaptativa. El Pabellón Serpentine (Londres, 2014), una envolvente translúcida de fibra de vidrio apoyada sobre piedras de canteras locales, le otorgó visibilidad internacional. Ya el Teatro Regional del Biobío (Concepción, 2018) modula la luz y la acústica mediante una envolvente semitranslúcida, donde textura y masa tienen tanto significado como la forma.
Alejandro Aravena, presidente del jurado, señaló que Radić “es capaz de responder con una originalidad radical, haciendo evidente lo que antes no lo era. Regresa a las bases más esenciales de la arquitectura, explorando límites que aún no habían sido abordados. Desarrollado en un contexto de circunstancias exigentes, desde el borde del mundo, con una práctica de pocos colaboradores, es capaz de llevarnos al núcleo más profundo del entorno construido y de la condición humana”.

En 2017, Radić fundó la Fundación de Arquitectura Frágil, con sede en su estudio en Santiago, como una plataforma de intercambio y archivo de trabajos experimentales que alimentan sus propios proyectos. Su obra abarca residencias, instituciones culturales, instalaciones y espacios cívicos en países como Albania, Austria, Chile, Croacia, España, Francia, Italia, Suiza y Reino Unido.
Al reconocer a Smiljan Radić con el Pritzker 2026, la institución destacó que el premio se otorga “por recordarnos que la arquitectura es un arte, en la medida en que toca el núcleo de la condición humana; por permitir que la disciplina abrace la imperfección y la fragilidad, ofreciendo refugios silenciosos en un mundo moldeado por la incertidumbre, sin necesidad de ser más alta o más espectacular para ser relevante”.
