Durante mucho tiempo, la arquitectura contemporánea trató a las comunidades tradicionales como objeto de intervención. Llegaba con planos ya definidos, materiales externos y una idea de “mejora” que ignoraba lo que ya existía: las formas de habitar, los rituales, la relación con el territorio y la lógica constructiva acumulada a lo largo de generaciones. El resultado, en muchos casos, fue la sustitución de una forma de vida por otra. Hoy, un número creciente de arquitectos trabaja desde una premisa diferente: antes de proponer, es necesario escuchar. Antes de construir, es necesario comprender qué significado tiene ya el espacio para quienes lo habitan.
Cuando el conocimiento ancestral entra como dato de proyecto y no como referencia estética, la arquitectura cambia. Los materiales elegidos, la forma de los edificios, el proceso constructivo y la relación con el clima y el paisaje comienzan a responder a una lógica que proviene del lugar y de las personas que lo habitan. En territorios indígenas, donde la continuidad cultural está directamente ligada a la continuidad espacial, este desplazamiento adquiere un peso aún mayor.
La Aldea Sagrada Yawanawá, concluida en 2025 en el Alto Río Gregório, en el oeste de Acre, es uno de los ejemplos más consistentes de esta práctica en el Brasil reciente. El conjunto arquitectónico firmado por el estudio Rosenbaum es el resultado de 14 años de relación entre el arquitecto Marcelo Rosenbaum y el cacique Nixiwaka Biraci Brasil. Esta duración no es un detalle biográfico, sino una parte estructural del proyecto. “La calidad de lo construido no puede separarse del tiempo invertido en comprender quiénes son los Yawanawá, lo que vivieron y lo que desean para las próximas generaciones”, explica el manifiesto del estudio.

El pueblo Yawanawá pasó décadas bajo la dominación de los seringales y de misiones religiosas. El espacio construido, en este contexto, adquiere un significado que va mucho más allá del refugio. Cuando Biraci Brasil Nixiwaka regresó a la aldea, a comienzos de los años 1980, después de una temporada en la ciudad, identificó algo que se convertiría en el punto de partida de todo lo que vino después. “Allí, en la ciudad, vi que nuestro pueblo no solo estaba perdiendo la lengua, sino también nuestro espíritu. Nuestra conexión espiritual con nosotros mismos, con la naturaleza, con nuestro mundo y con nuestros ancestros”, dijo el cacique, según quedó registrado en el manifiesto. El espacio de la aldea, en esta lectura, es el soporte físico de una identidad que necesita reafirmarse para seguir existiendo.
Fue a partir de esta comprensión que Rosenbaum construyó su enfoque para el proyecto. El equipo no llegó con soluciones definidas: el proceso fue conducido en conjunto con la comunidad, y las decisiones técnicas que caracterizan el conjunto solo tuvieron sentido dentro de esta manera de trabajar.
El conjunto utiliza madera nativa gestionada dentro del propio territorio: Copaíba, Angelim-pedra, Maçaranduba, entre otras especies, generando autonomía productiva dentro de la aldea. El módulo estructural de cuatro metros fue pensado para ser replicable por la propia comunidad. Las fundaciones puntuales de concreto separan la estructura del suelo húmedo, y las cubiertas elevadas garantizan ventilación adecuada al clima tropical. “El comportamiento de las maderas, los ciclos del agua y la logística del territorio dictaron decisiones que solo se vuelven posibles cuando el arquitecto permanece en el lugar el tiempo suficiente para aprender de él”, relata el estudio.

El conjunto está compuesto por tres edificios. La Casa Modelo nació de una constatación objetiva: las viviendas introducidas en décadas anteriores eran inadecuadas para el clima y para la forma de vida en la selva. El proyecto propone una planta integrada, patio central y ventilación cruzada, con la intención de servir como prototipo replicable para las familias de la aldea. El resultado es una respuesta funcional al problema que los propios Yawanawá identificaron como necesario resolver.
La Universidad de los Saberes Ancestrales, con cerca de 1.265 m², es el edificio más grande del conjunto. Sus tres bloques se articulan en forma de Y, geometría sugerida por el propio cacique Nixiwaka como representación de la convergencia de diferentes caminos del conocimiento. El edificio alberga cocina industrial, comedor para hasta 250 personas, espacio para hamacas, aulas y amplias áreas de convivencia. Las grandes mesas funcionan simultáneamente como comedor, laboratorio y lugar de conversación, sin separación rígida entre enseñanza, práctica y vida comunitaria. Para el estudio Rosenbaum, el edificio fue concebido para albergar formas de enseñanza basadas en la oralidad y en la transmisión del conocimiento entre generaciones, un reconocimiento de que el saber Yawanawá posee formas propias de circular y de que un edificio educativo debe ser capaz de contenerlas.

El Centro Ceremonial Shuhu es el edificio más desafiante del conjunto en términos de escala y programa. Con 33 metros de luz libre y sin ningún pilar interno, fue proyectado para que rituales, danzas y grandes celebraciones pudieran desarrollarse sin interferencia estructural en el centro del espacio. La solución fue un sistema radial de cerchas de madera articuladas mediante un anillo metálico de compresión que también funciona como lucernario, garantizando iluminación y ventilación natural. La ingeniería contemporánea está aquí al servicio de una práctica espiritual que antecede cualquier cálculo estructural. En 2025, el Shuhu fue sede de la 5ª Conferencia Indígena de la Ayahuasca.

El proyecto fue seleccionado para el Pabellón Principal de la Bienal de Arquitectura de Venecia de 2025, bajo el tema “Intelligens. Natural. Artificial. Collective”, con curaduría de Carlo Ratti. La presencia en la Bienal reconoció en el conjunto Yawanawá una respuesta a las urgencias climáticas construida a partir del conocimiento acumulado sobre cómo habitar la selva, y no desde la importación de soluciones externas.
Lo que la Aldea Sagrada Yawanawá demuestra es que la arquitectura contemporánea posee recursos técnicos para responder a demandas que las comunidades tradicionales identifican por sí mismas, siempre que el arquitecto esté dispuesto a ocupar un papel diferente al habitual. Dominar herramientas de cálculo estructural, confort ambiental y detalle constructivo sigue siendo necesario. Lo que cambia es a quién sirven estas herramientas y desde qué visión del mundo se formulan las preguntas.
