La COP30, realizada recientemente en el corazón de la Amazonía, en Belém, Pará, marcó un redireccionamiento en la forma en que la arquitectura y el design brasileños miran al bosque: ya no como una periferia distante sujeta a lecturas externas, sino como un centro de experimentación, tecnología, cultura e imaginación urbana. Al acoger el mayor evento climático del mundo, la ciudad se vio impulsada a acelerar reflexiones sobre clima, infraestructura e identidad, y también obtuvo la oportunidad de presentar al planeta soluciones que nacen del propio territorio. La conferencia funcionó como una lente de aumento para prácticas que ya venían desarrollándose por profesionales, instituciones y organizaciones y, al mismo tiempo, como catalizador de nuevas propuestas. En este proceso, la arquitectura y el design dejaron de ser meros soportes y asumieron un papel protagónico en el debate sobre adaptación climática, futuro de las ciudades y valorización de la cultura amazónica.
La presencia del CAU (Consejo de Arquitectura y Urbanismo) y del IAB (Instituto de Arquitectos de Brasil) fue clave para anclar estos debates. El CAU llevó a la conferencia la Carta de la Tierra y de la Ciudad, documento que propone caminos para enfrentar las desigualdades urbanas agravadas por el cambio climático, reforzando la necesidad de modelos de desarrollo que no separen el medio ambiente de la justicia social. El IAB aprovechó el evento para lanzar la nueva edición de la Guía de la Agenda 2030, reafirmando que el compromiso con la sostenibilidad no puede ser solo retórico: debe moldear decisiones de proyecto, concursos, políticas públicas y formación profesional. Esta combinación de movilización política y directrices técnicas mostró al público internacional que la arquitectura brasileña está dispuesta a asumir responsabilidades más profundas en la transición ecológica.
Entre las acciones e intervenciones urbanas, AquaPraça se convirtió en uno de los símbolos más fuertes del evento. La plaza flotante, concebida inicialmente para la Bienal de Venecia por los estudios CRA–Carlo Ratti Associati y Höweler + Yoon, llegó a Belém con la propuesta de dialogar con el agua como materia prima de la propia arquitectura. La estructura de más de 400 m², producida con toneladas de acero marítimo reciclado, está sostenida por una tecnología que regula su flotabilidad según el nivel del río, transformando la ribera de la ciudad en un laboratorio vivo de convivencia entre ingeniería, arte y naturaleza. Su impacto demostró que la infraestructura puede ser adaptable y sensible a las dinámicas amazónicas, señalando caminos para una arquitectura “anfibia” capaz de enfrentar inundaciones, mareas y eventos extremos sin imponer rigidez al entorno. El hecho de que AquaPraça permanezca después del evento refuerza la idea de que los legados climáticos también pueden crear nuevas formas de espacio público.

En el caso de Regenera Project, ideado por Taissa Buescu, la fuerza de la iniciativa estuvo en las acciones culturales y socioambientales realizadas durante meses en barrios de la capital paraense, donde talleres en escuelas públicas y Usinas da Paz enseñaron reciclaje, recolección selectiva y técnicas para transformar residuos plásticos en piezas de design. El programa involucró a recicladores, estudiantes y residentes, promoviendo economía circular y nuevas formas de generación de ingresos. Durante la COP30, este trabajo tomó forma en el Regenera Festival, en el Teatro Estación Gasómetro, con instalaciones, objetos y luminarias producidos a partir de los residuos recolectados en los talleres. El festival reunió intervenciones artísticas y debates que acercaron sostenibilidad, inclusión social y design.
La Casa Pará amplió la discusión al mostrar que cultura y clima no son agendas separadas. Creada por Guá Arquitetura y Trisha Guimarães como un espacio de acogida y celebración de la identidad amazónica, la casa reunió a artistas, chefs, maestros tradicionales, diseñadores y comunidades, proponiendo una lectura de la Amazonía que parte desde dentro y no desde estereotipos externos. La arquitectura del espacio incorporó materiales regionales, artesanía y experiencias sensoriales que ponen al visitante en contacto con modos de vida moldeados por el bosque, el río y relaciones comunitarias que resisten desde hace siglos.

El Museo de las Amazonías, firmado por Guá Arquitetura y el estudio be.bo., también se destacó por proponer una espacialidad que busca la fusión con el contexto ambiental. El proyecto trabaja con ventilación natural, sombreado eficiente y una integración cuidadosa con el entorno, afirmando que la arquitectura para climas tropicales exige estrategias pasivas y un respeto absoluto por el paisaje. El museo se propone ser un espacio expositivo y, al mismo tiempo, un centro de investigación y educación ambiental, acercando ciencia y población en un territorio donde el conocimiento tradicional y la investigación académica deben avanzar juntos.

Todas estas iniciativas dialogan con el entendimiento central de la COP30: no existe un futuro climático posible sin ciudades capaces de adaptarse y honrar los ecosistemas que las sostienen. La conferencia otorgó a Belém una visibilidad inédita, pero su legado se manifiesta en la forma en que la ciudad comenzó a experimentar tecnologías adaptables, políticas de microclima, valorización cultural y museografía comprometida con el territorio. La participación de profesionales, organizaciones y la comunidad muestra que los sectores de la arquitectura y el diseño están atentos a ejercer un papel más activo en la transición ecológica, transformando a la Amazonía en una referencia global, como un territorio vivo capaz de orientar nuevas maneras de habitar el planeta.
